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Sorpresas te da la vida.

Las casualidades de la vida los hizo encontrar en una escuela rural. Ella era la maestra y él, el nuevo jardinero. Con doce años menos que ella, ya sentía que había vivido todo y que no había guardada para él ninguna sorpresa más.
Era muy buen parecido, ojos tan claros que parecían dos pedacitos de cielo, alto, musculoso y con una tez dorada que el sol con el que compartía las horas de trabajo, le había obsequiado.
Esa era la primera vez que trabajaba luego del accidente que casi le costo todo. Una noche de juerga con los amigos lo hizo terminar en una cuneta. De cierta manera había nacido nuevamente. Y ahora era diferente: sus piernas y uno de sus brazos no tenían la misma movilidad de antes.
Le costó reconocerse, acostumbrarse y sobre todo, saberse igualmente de valioso a pesar de sus dificultades. Una vez que lo hizo salió al mundo pero sin esperar nada de él.
 
Ella vivía para sus niños. De la escuela a la casa y de la casa a la escuela. A sus cuarenta y cinco años ya había dejado de soñar con el príncipe azul. Toda su energía se centraba en aquellos momentos de felicidad con sus alumnos de preescolar.
La falta de esperanzas, de proyectar hacia el futuro habían dejado sus marcas. Parecía tener diez años más. Su manera de caminar era pausada, triste, desganada. El brillo y el color intenso de su cabello le estaba dejando paso al gris de las canas que ya se había cansado de cubrir. Cansada también era su mirada, una mirada que sólo cambiaba en compañía de los pequeños.
 
Y así como uno no espera sorpresas, pierde esperanzas, se las olvida, las mata o se las matan, así la vida nos revuelca y nos recuerda que ella existe. Y mientras allá vida siempre habrá sorpresas y alguna que otra esperanza, escondida, guardada o perdida por ahí para nosotros…y hubo una para ellos.
 
Para volver al pueblo los dos esperaban el ómnibus en la misma parada. Se sentaban juntos aunque no hablaban demasiado. Poco a poco fueron compartiendo historias, ideas, pensamientos y esa hora y media  de viaje se volvía absolutamente necesaria para los dos. Cuando él no iba a trabajar porque tenía que ir al médico por controles, la vuelta a su casa no era igual. Le faltaba el brillo de esos ojos que tanto bien le hacía, que de cierta manera le daban brillo a los suyos.
Por su parte, cuando ella se tenía que quedar más tiempo en la escuela y no tomaba el mismo ómnibus, el viaje se le hacía interminable. Le gustaba la suavidad de su voz y la dulzura con que lo decía todo.
 
Y paso que un día se reconocieron uno enamorado del otro y decidieron pasar el resto de sus vidas juntos y pese a todo.
 
No me lo contaron. Los he visto. Contagian alegría. SON FELICES.
 
 
 
 
 

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